domingo, 16 de septiembre de 2012

Los medios de comunicación como instrumento para el poder


   En artículos anteriores nos referimos a la forma en que algunos sectores de la sociedad latina en los Estados Unidos de Norteamérica se establecen como empresas comunicacionales para satisfacer las necesidades comerciales, tanto de los propietarios de los medios, como de los lectores de los mismos. Y en esa oportunidad nos referimos que es una situación que se registra con más frecuencia en las regiones de Virginia, Maryland y Washington D.C, donde se concentra una población hispana proveniente de Centroamérica y México.

   Distinta es la situación que se percibe en regiones como New York, New Jersey, Pennsylvania, Texas, amplios sectores de California, Utah y en la Florida, en donde se asientan importantes comunidades hispanas provenientes de Suramérica, los cuales tienen una conducta un tanto diferente a las registradas por los “empresarios comunicacionales” centroamericanos.

   Mientras los amigos centroamericanos y mexicanos se esmeran en levantar sus empresas comunicacionales para vender, ofertar y mostrar los productos comerciales que se expenden en el área de sus residencias a través de la venta de publicidad, los empresarios provenientes del Sur ven en la empresa periodística la oportunidad de acceder a algunas formas de poder; ya sea el poder político, o el poder económico.

   Esta situación es claramente palpable en regiones como la Florida, Texas, New York y New Jersey, en cuyas regiones existe una competencia empresarial de mejor calidad que la descrita en el artículo anterior, tal vez porque quienes se dedican a la actividad periodística son profesionales de la comunicación emigrados de países del Sur, como Colombia, Venezuela, Perú, Chile, Argentina y sus áreas circunvecinas, quienes tienen experiencia en la materia, y quizás la tradición de lidiar en esos campos comunicacionales con la finalidad de acceder a puestos políticos, o en su defecto conectarse con las formas del poder económico.

   Los casos son harto conocidos, especialmente en la Florida, New Jersey y Pennsylvania, donde una gran mayoría de estos “empresarios comunicacionales” se han aliado con los partidos políticos tradicionales de Estados Unidos, colocando en el Senado, Congreso Nacional y las Cámaras Estatales a sus fichas, que garantizaran, además del poder político, el éxito económico que usualmente buscan las empresas comunicacionales de forma muy similar a como se hace en los países suramericanos.

   En conclusión, las empresas periodísticas continúan siendo eso, empresas que generan beneficios a quienes las ostentan, y que generalmente se encargan de transmitir la información que se precisa dirigida al público determinado por el interés del empresario, en donde la libertad está sujeta a los intereses comerciales del momento determinado. No más. 

Ana Teresa Salas-Fitzpatrick
Comunicadora Social
Estados Unidos.

CARTAGENA DE MIS AMORES Y DE MIS SABORES (Primera Parte)



De paseo recientemente por Cartagena, una ciudad que muy poco se parece a la de ayer afincando mi corazón, me sorprendió el pequeño milagro de encontrarme con el maní tostado y caliente empacado en modestas bolsitas de papel blanco que un hombre de aspecto humilde vendía en una especie de lata. El inigualable aroma que emanaba del rustico recipiente y seguía al vendedor como su sombra, el mismo que muy pronto impregno mi gusto y se fusiono con el deleite de probar, saborear y masticar el bocado saladito, crujiente e incomparable que tanto añoraba sin saber, tuvo el poder de transportarme a mi niñez en tan solo unos instantes, de congelar el tiempo como en una postal, y desatar en mi interior una serie de sensaciones y emociones que involucraron el olfato, el paladar y la nostalgia. Todo al mismo tiempo.


 El paladar y su particularidad de atesorar un incalculable inventario de sabores armados, te persigue, te obsesiona y te acorrala dulcemente, hasta conducirte a ensayar un plato una y otra vez con la idea de que te sepa al guiso que te hacia la abuela, de buscar  aquí y allá, restaurante tras restaurante, la sazón que te deslumbre y te conquiste, como quien va por la vida en pos del amor verdadero, te hace tomar decisiones en apariencia impulsivas e inexplicables, como empezar a estudiar gastronomía a los 40 o tal vez –ya imbuido en este mundo fascinante, creerte que inventarás una nueva receta que en realidad no es nueva, sino todo lo contrario, tan vieja como el cúmulo  de esos recuerdos que tienen el sello de lo ancestral. 

Pero el tema de Cartagena y la infinidad de sabores únicos e inolvidables que forman parte de la memoria gastronómica de sus nativos, sin importar si esas delicias que en mi caso no puedo dejar de identificar en una ciudad que visito desde siempre, son propias, foráneas o solo productos del mestizaje que le ha distinguido por siglos. O si en verdad únicamente se trata de preparaciones sencillas, austeras y hasta ajenas al termino de preparación, que por si fuera poco, carecen del toque gourmet.

 Lo cierto es que he escogido referirme a ellas porque se admita o no, fuera de formar parte del patrimonio gastronómico de su gente, en especial de aquellos que puedan degustarlas día a día, también están asombrosamente presentes en quienes como yo, anhelamos, en nuestros esporádicos viajes a esta tierra, ser sorprendidos por un pequeño milagro que no se restringe al maní tostado. Porque Cartagena no se limita a preservar un pasado inmemorial. También posee la capacidad de despertar alegría en los espíritus receptivos al pregón de las palenqueras de pieles lustrosas y galillos poderosos capaces de desatar tremendo avispero en un colegio cuando cualquier día a las cuatro de la tarde gritan “alegríaaaa con coco y anís”: Un dulce tan típico de esta asoleada tierra, como el golpeo que les distingue al hablar, consistente en una especie de bola de beisbol compacta hecha de cotufas o maíz caramelizado, de hecho color caramelo con trozos de coco y un fragante aroma dulzón irresistible a los sentidos. “La heroica” como es conocida por muchos puede abrumarte y conmoverte con la magia inexplicable y palpable que se percibe en las calles estrechas del centro amurallado recorridas a bordo de un carruaje tirado de caballos. Y a su vez, hacerlo con unos “cubanitos, que no son más que deditos enharinados de dulce de coco, secos por fuera, suaves y aterciopelados por dentro, invariablemente envueltos en papeles de colores. La próxima semana les sigo comentando sobre Cartagena de mis sabores y de mis amores.

Ariel Villa G.
Coordinador Nacional de la Asociación de Chefs Venezolana
Representante de cocineros sin Fronteras en Venezuela